Todos los caminos llegan a Capadocia
Al llegar a la estación de buses de Estambul, desde donde tomaríamos el nocturno a Capadocia, tuvimos el primer encuentro con un amigo en lo que va de viaje: Felipe Mualim, a.k.a. Red, quien nos acompañaría en todo Turquía. Al principio para él, este país era un desastre, porque venía de Viena, donde todo funciona. Para nosotros, que veníamos de Jordania, Turquía era el primer mundo, casi el paraíso.
Después de una noche de viaje, llegamos a Goreme, uno de los pueblitos que forman la zona de Capadocia, conocida por sus impresionantes formaciones rocosas, quebradas y paisajes. Pero al menos el primer día, a nosotros eso nos daba lo mismo: estabamos vueltos locos porque al entrar al hostal, vimos una parrilla. ¡Hace más de un mes que no comíamos un buen pedazo de carne! Así que nos pusimos como primer objetivo, encontrar un supermercado. Compramos salchichas, pollitos y un pedazo de lomo vetado y con la ayuda de uno de los empleados del hostal, nos mandamos una parrilla de lujo, como las que hacemos en Chilito al menos una vez por semana.
Digerido ya el gustito de la parrilla, nos lanzamos a recorrer Capadocia, tarea no muy difícil, ya que son tantas las formaciones rocosas, muchas de ellas con formas fálicas, que para donde uno vaya se va a topar con algo único. Durante el primer día de treking, vimos abismos preciosos, con pseudo-cerros de tierra y material volcánico que desde la altura parecen como construidos por el hombre, cuando en realidad son producto del azar y de miles de años de erupciones, mareas y erosión.
En nuestro segundo día, tomamos un tour que nos llevó por una ciudad subterranea increíble. Con casi 85 mts. de profundidad, era usada por los habitantes de la zona para guarecerse cuando venía el enemigo. Por dentro era una obra maestra de arquitectura. Tenían una verdadera ciudad bajo tierra, llena de túneles, casas, colegios, centros de oración, cavas de vino. Incluso tenían prisiones y centros de matanzas para cuando capturaban a algún invasor. El tour seguía por un monasterio enclavado en un cerro, tipo Petra, en Jordania. El monasterio era enorme, y desde arriba habían unas vistas de postal.
En nuestro último día antes de partir a Estambul, nos dimos otro gustito: arrendamos unos scooters, y nos fuimos al estilo "En busca del destino" a recorrer los pueblos adyacentes a Goreme, donde alojábamos, para seguir descubriendo las maravillas de esta ciudad situada en el centro de Turquía. Después de 6 horas y unos cuantos litros de bencina, nos preparábamos para visitar la capital del Imperio Romano de Oriente, Constantinopla, hoy Estambul.