Con una ciudad amurallada como pocas en Europa y no una si no las dos piernas en la increíble costa del Mar Adriático, Dubrovnik podría fácilmente ser considerada la ciudad costera más bonita de Europa. Y con una historia de tomas, terremotos, revoluciones y guerras, hasta los bombardeos que al borde estuvieron de sepultarla hace menos de 20 años, restauración y resconstrucción, la perla no se queda sólo en la cara linda, el cuerpo perfecto al borde del mar. Dub tiene esa dosis de dolor, la historia, la vida, que la hace más interesante que cualquier guapísima que pasa por ahí.
La isla de la fantasía Hvar es la isla más de Croacia: la más lujosa, la más soleada (unas 2800 horas de sol al año), y junto con Dubrovnik, el destino más popular del país; yates, champaña, Kens, Barbies, sun worshippers y party seekers unidos. Y nosotros metidos ahí.
Splitting La ciudad más importante de Croacia después de su capital, Split, también en la costa, es el cable a tierra entre tantas islas y playas, caviar y chalas. Con su Palacio de Diocleciano que es patrimonio de la humanidad, y no tantos turistas, se deja recorrer en un rato. Pero es en su costanera, entre el palacio y el puerto, donde la ciudad respira y vive.
¿Y Bosnia? Y... nos asaltaron en Bosnia. A plena luz de día, en un lugar seudoturístico, con gente alrededor. Pero dejemos esa historia para después. Llegamos de noche a Sarajevo, capital de Bosnia-Herzegovina, en tren desde Budapest. Pese a ser la capital, el centro tiene un aire a pueblo casi colonial. Chiquitito, a pasos de un río, con una especie de mercado enclavado en una serie de callecitas peatonales que parecen clausurarse a eso de las diez de la noche, justo la hora a la empezamos a recorrer en busca de comida. Después de caminar un rato, encontramos el único restaurant abierto hasta tarde, que resultó ser el mismo al que Bill Clinton había venido en su última visita como Presidente de EEUU. La mañana siguiente comenzó nuestro recorrido. Nos habían advertido que muchos de los lugares a visitar en Sarajevo estaban relacionados con la guerra entre Bosnia y Serbia, terminada recién en el 95. Y así fue. Desde el túnel secreto al costado del aeropuerto a través del cual se transportaban provisiones, hasta las mismas fachadas de los edificios en cada esquina de la ciudad, que muestran por medio de sus frentes, que fueron testigos y víctimas de la atrocidad del conflicto. Rastros de balas y explosiones, avisos de "no caminar fuera de los caminos establecidos" por riesgo de minas antipersonales que aún no han sido removidas, memoriales a los caídos, el Hotel Holiday Inn (también baleado) donde se hospedaban los periodistas durante la guerra, en fin.
Hay un par de lugares turísticos que visitamos, que nada tienen que ver con la guerra contra los serbios. Algunas mezquitas cerca el centro (sí, Bosnia es un país musulmán), además de tal vez lo más conocido: el Puente Latino, el lugar donde en 1914 fue asesinado el Archiduque del Imperio Austro-Húngaro Franz Ferdinand, precipitando el inicio de la primera guerra mundial. Por último, se nos ocurrió ir a un cementerio, en una colina, desde donde se podían tomar fotos del atardecer. Habíamos pasado por edificios baleados, avisos de minas antipersonales, incluso por el puente donde con un asesinato se había detonado la primera guerra mundial, y habíamos salido "ilesos". Hasta que llegamos al cementerio. Cerca de las 7, cuando el sol se estaba poniendo, se nos acercaron un par de bosnios preguntando la hora. "It's 7 o'clock", dije yo, sin sospechar lo que venía. Me vuelve a preguntar en bosnio, y le repito: "It's 7 o'clock", mostrándole la hora en mi celular. Fue ahí cuando el malhechor me agarró del brazo y empezó a decirme: "Money!, money!". En un instinto natural, algo estúpido, intenté forcejear, tratando de soltarme para pegarle una patada donde sólo los hombres saben cuánto duele. Entonces apareció un metal puntiagudo, que en ese momento pensé era un cuchillo. Sin sentir temor, tal vez por el shock (era la primera vez que me asaltaban), le dije OK, le mostré mi billetera, y empecé a sacar billetes, 50 euros en total, y los tiré al suelo. Después me quitó mi celular, mientras otro bellaco le robaba otros 50 euros y su iPhone a Tori. Afortunadamente no pasó a mayores. Fue una experiencia poco grata, pero: ¿Qué es un viaje por el mundo de 9 meses sin un asalto?
La ciudad puente Después de Sarajevo, pasamos por Mostar, pequeña ciudad famosa por su puente, Stari Most, de 21 metros de altura, reconstruido después de la guerra, desde el cual los más valientes se zambullen al río. Después de ver un par de clavadistas, a la estación de buses, camino a Croacia.
El tren de Budapest a Sarajevo es lento, sale temprano en la mañana y dura todo el día. Contaban los locales que el antiguo tren nocturno fue suspendido hace un tiempo debido a los habituales reclamos de pasajeros (casi siempre turistas) que se despertaban la mañana siguiente para encontrarse sin reloj, billetera ni anillos; en algunos casos femeninos, peor. El tren de Budapest a Sarajevo es lento, sale temprano en la mañana y dura todo el día. El premio de viajar de día es disfrutar paisajes como éste, todo el día sin parar, sentados viéndolos pasar por la ventana, en una cómoda cabina para seis que ocupamos casi todo el tiempo solo dos, y a veces tres (o cuatro) contando el o la local sociable de turno que responde a nuestras tonteras solo para entretenernos. El tren de Budapest a Sarajevo es lento, sale temprano en la mañana y dura todo el día. Como si con lo de afuera no bastara.
Bañadas por un río ancho con personalidad de mar que se llama Danubio, las orillas de Buda (al oeste del río, alta pero histórica) y Pest (al este, jungla pero sofisticada) saben lo que llevan en sus espaldas: una ciudad única dentro de un país que corre detrás de ella, difícil alcanzarla entre tanto arte, arquitectura, negocio legal/negocio turbio, noche, o ese mar (río) de gente que se interpone a la nueva víctima preferida - un goulash caliente, qué delicia...
Arriba hay vistas de Pest desde el cerro Buda, diferentes puentes del río Danubio, el Palacio Real, la Iglesia de Matthias, el bastión de los pescadores, la calle Váci (puro fashion), la basílica de Szent István, el precioso Parlamento, la Plaza de los Héroes, el Városliget (parque de la ciudad), los baños termales de Széchenyi, la cueva-capilla, la Ópera, la Sinagoga y toda la arquitectura ecléctica, neoclásica, barroca, gótica, o art nouveau que quiera encontrar el visitante... Son bastantes fotos, todas juntas también aquí.
Terminado nuestro paso por Bucarest, tocó disfrutar. Fuimos a la zona de Transilvania, a Brasov, la ciudad donde vivió el Conde Drácula, que te recibe con un enorme letrero blanco enclavado en un cerro, tipo Hollywood en Los Ángeles. En el centro, hay una placita exquisita, rodeada de edificios de colores y con una fuente de agua en el medio. Los niños juegan, los viejitos le dan migas a las palomas y nosotros nos sentamos a mirar cómo todo pasa.
Rasnov, Bran y Sinaia Hicimos un tour a tres castillos medievales, uno de ellos el de Vlad Tepes, el Conde Drácula, quien fue un príncipe conocido por la crueldad con la que aniquilaba a sus enemigos. Lo de su afición por tomar sangre, dormir en ataúdes y sólo salir de noche es parte de la leyenda que le da de comer a centenares de vendedores de souvenirs en las afueras del castillo.
Finalmente, antes de seguir hacia Hungría, una breve parada por Sigishoara, donde nació Vlad Tepes. El pueblo es chiquitito, con un par de iglesias y torres de campanarios. Nos quedamos sólo unas horas, mientras esperabamos por el tren que nos llevaría a Budapest.
Después de Bulgaria, nuestro viaje nos llevó a Rumania, partiendo por su capital, Bucarest por el día. Una ciudad oscura y algo anticuada, que denota la influencia comunista reciente en cada rincón: bloques de cemento (edificios) iguales y grises, un centro sin brillo, con algunos gitanos desparramados por las calles. Un lugar un poco deprimente, al menos temprano durante la mañana de un domingo...
Escondido entre cerros y ríos, Veliko Tarnovo (Велико Търново) fue la antigua capital de Bulgaria, en esa medieval época en la que construir fuertes arriba de la punta del cerro era normal, Tsaverets dando la frente y espalda al río Yantra el mejor ejemplo. También está aquí la universidad más prestigiosa de Bulgaria, lo que debe darle a la ciudad un vibe estudiantil diferente (el cual no vivimos por que era verano; imagino que los estudiantes estaban en cualquier lugar que no fuera éste, Varna el mejor ejemplo). Con todo, lo mejor fue en la noche. Junto a Mauricio Giacometti, gran partner uruguayo que conocimos en Sofía y con el que seguimos hasta acá, tomamos el trípode y nos instalamos a ver el show de luces que se hace frente al fuerte Tsaverets cada vez que un grupo de turistas (turistas, de esos que se ponen, no backpackers como nosotros) se junta y paga el costo de echar a andar el circo. Parecía comercial de Sony Bravia. Uno de los resultados del show (fotografía) aparece arriba. Un par de días después, y con el Mati enfermo, salí de paseo al monasterio de Dryanovo, incluyendo un ecotrail donde cruzamos un cerro y nos bañamos en ríos y cascadas y visitamos la heladísima cueva de Bacho Kiro, que data del paleolítico y donde se forman increíbles estalactitas, aunque ya solo me voy acordando del frío que dolía hasta las b los dientes.
Sofía es una capital de bolsillo, y por lo mismo resulta fácil perderla entre Atenas, Estambul o Budapest. En la superficie es un ciudad simple, ordenada y bonita, con lugares comunes de dos mundos que a esta altura se encuentran en casi toda europa del este, monumentos de puño en alto adornando plazas rodeadas de bancos y casinos, ya saben de qué hablo. Sin ser de lo más cosmopolita, no le falta la arquitectura clásica europea, los grandes parques verdes, las boutiques caras y los museos. De fondo, siempre, el ícono de la ciudad, la imponente catedral ortodoxa búlgara de San Alexander Nevski (Свети Александър Невски). Compacta para caminarla, con buena onda para disfrutarla, a Sofía hay que escarbarla un poco antes de encontrarla, en el bolsillo la llave no siempre sale a la primera. En la noche las botillerías 24/7 venden por casi nada cerveza en botella plástica y tapa rosca con sabor a pichí de gato, ideal para salir a ver dónde está la gente: cuesta encontrarla inicialmente pero en el centro, alrededor del teatro municipal, aparecen de a poco los jóvenes subiéndose a la pelota, viejos jugando ajedrez y parejas en lo oscuro jugando a todo.
Siempre han sido vivos estos griegos. Desde la antiguedad, cuando construyeron una de las civilizaciones más avanzadas de la historia, hasta ahora, cuando aprovechan al máximo su territorio, transformando sus islas en verdaderos paraísos. Por un lado, Ios, el desenfreno, la locura. Playas exquisitas, mar turquesa y mucha buena onda. Carrete de día, siesta y carrete de noche. Con sol, fiesta en la playa, música electrónica, tragos de colores, puchos y cuanta cosa se le ocurra al lector. Sale la luna, y todos a la plaza, a tomar cerveza, vodka, tequila, ron. De todo menos pisco. Se conversa con quien esté al lado, todos muy sociables, muy alegres, y varios bien curados, a pesar de que la noche recién comienza Vasos vacios, y todos a los bares y discos. No se paga entrada, así que el costo de equivocarse entrando a algun lugar poco prendido es bajo: te tomas otro trago, te das vuelta y te vas. La historia se repite por cuatro noches, suficiente. Ya se necesita un break. Y el break viene en Santorini, una isla más top. Se empiezan a ver yates, europeos vestidos con pantalones y zapatos blancos, en restaurantes de varios tenedores, que nosotros por la naturaleza de nuestro viaje sólo miramos desde afuera. La ciudad es muy bonita, blanca y con techos azules, que contrastan con la inmensidad del mar y las preciosas puestas de sol que se ven desde las alturas, porque esta isla tiene una infinidad de subidas y bajadas. Por eso aprovechamos y arrendamos una motito, y la recorrimos entera. Fuimos a tres playas, todas de roca, sin un granito de arena, lo que le da un toque mediterraneo y tranquilo al paisaje. Una buena manera de terminar nuestro paso por la Helade.
"La cuna de la democracia", "El origen de la civilización occidental", "La ciudad de Pericles". Tantos nombres se le dan a Atenas, y todos se quedan cortos. ¡Qué maravilla de ciudad! La vista de la Acrópolis, de noche y de día, con el templo a Atenea Nike, su recién inaugurado Museo y el colosal Partenón, son impresionantes. El Ágora, donde se desarrollaba la vida diaria de los ciudadanos atenienses, el Templo de Zeus y sus inmensas columnas... Por algo genios como Sócrates, Platón y Aristóteles comenzaron con la filosofía por estos lados, y otros no tanto, como Matías Ceballos (quien desde Barcelona se nos unió a esta parte del viaje) o nosotros, aprovechamos de disfrutar de las maravillas que ofrece esta ciudad. Fue en la capital de la antigua Hélade donde en el siglo IV A.C., Pericles y Solón dieron los primeros pasos hacia la democracia que hoy casi todo el mundo defiende y venera. Y hay más. En el Museo Arqueológico se ve la máscara de Agamenón y restos de las armas con las que 300 valerosos guerreros espartanos lucharon contra los persas en la batalla de las Termópilas, durante las Guerras Medicas. Para terminar, de noche se pasa bien. Un plato de Souvlaki en La Plaka, un par de traguitos en Psiri, para cerrar en alguna disco del barrio Gazi, donde las griegas brillan con luz propia. En 3 días vimos que Atenas, capital de la civilización más influyente para occidente, 2.500 años después de su apogeo, mantiene su encanto intacto.
Entrando por la cocina a Europa, o sea entrando en tren nocturno desde Estambul a Grecia, en plan Midnight Express, llegamos a Tesalónica, capital de la provincia de Macedonia y la segunda ciudad más grande de Grecia. En la rápida pasada por la ciudad (estábamos de paso ya que Atenas y Matías Ceballos nos esperaban al sur), sacamos algunas fotos que dejo acá. ¡Un abrazo!
Estambul, sólo İstanbul, podía ser al mismo tiempo la última ciudad de nuestra etapa en medio oriente y la primera de Europa. Y no es porque la antigua Constantinopla y posterior capital turca sea la única ciudad del planeta que pisa dos continentes, dos regiones adyacentes con pensamientos y realidades tan diferentes, si no que por sus barrios, calles y callecitas: restaurants, galerías, tiendas, bares y discos compitiendo de igual a igual con palacios, bazares, mercados de especias y los ininteligibles llamados a rezar de las mezquitas, las incontables y preciosas mezquitas otomanas de mi nueva candidata a ciudad favorita.
East meets West Las fotos de arriba muestran nuestras peripecias por la impresionante Mezquita Azul, el ahora museo de Aya Sofía (primero iglesia con Justiniano, luego mezquita con Mehmet, finalmente museo con Atatürk), la cisterna romana, el Gran Bazar, el mercado de las especies, y las afueras del palacio Topkapi. También un paseíllo en ferry por el río Bósforo hacia las Islas del Príncipe, que son muy bonitas y turísticas pero de playas ni hablar.
En la noche, hay que dejar el tradicional barrio de Sultanahmet y volver a Beyoglü, donde está nuestro hostal. Junto a Red (nuestro sultanahred) y dos escocesas buena onda que conocimos ahí (Mara y Alice), caminamos a Taksim, barrio cool que en español significa callecitas llenas de bares, mucha gente, bares de narguile y té, restaurants, discos, clubes y más bares. Estambul es tan...
Al llegar a la estación de buses de Estambul, desde donde tomaríamos el nocturno a Capadocia, tuvimos el primer encuentro con un amigo en lo que va de viaje: Felipe Mualim, a.k.a. Red, quien nos acompañaría en todo Turquía. Al principio para él, este país era un desastre, porque venía de Viena, donde todo funciona. Para nosotros, que veníamos de Jordania, Turquía era el primer mundo, casi el paraíso.
Después de una noche de viaje, llegamos a Goreme, uno de los pueblitos que forman la zona de Capadocia, conocida por sus impresionantes formaciones rocosas, quebradas y paisajes. Pero al menos el primer día, a nosotros eso nos daba lo mismo: estabamos vueltos locos porque al entrar al hostal, vimos una parrilla. ¡Hace más de un mes que no comíamos un buen pedazo de carne! Así que nos pusimos como primer objetivo, encontrar un supermercado. Compramos salchichas, pollitos y un pedazo de lomo vetado y con la ayuda de uno de los empleados del hostal, nos mandamos una parrilla de lujo, como las que hacemos en Chilito al menos una vez por semana.
Digerido ya el gustito de la parrilla, nos lanzamos a recorrer Capadocia, tarea no muy difícil, ya que son tantas las formaciones rocosas, muchas de ellas con formas fálicas, que para donde uno vaya se va a topar con algo único. Durante el primer día de treking, vimos abismos preciosos, con pseudo-cerros de tierra y material volcánico que desde la altura parecen como construidos por el hombre, cuando en realidad son producto del azar y de miles de años de erupciones, mareas y erosión.
En nuestro segundo día, tomamos un tour que nos llevó por una ciudad subterranea increíble. Con casi 85 mts. de profundidad, era usada por los habitantes de la zona para guarecerse cuando venía el enemigo. Por dentro era una obra maestra de arquitectura. Tenían una verdadera ciudad bajo tierra, llena de túneles, casas, colegios, centros de oración, cavas de vino. Incluso tenían prisiones y centros de matanzas para cuando capturaban a algún invasor. El tour seguía por un monasterio enclavado en un cerro, tipo Petra, en Jordania. El monasterio era enorme, y desde arriba habían unas vistas de postal.
En nuestro último día antes de partir a Estambul, nos dimos otro gustito: arrendamos unos scooters, y nos fuimos al estilo "En busca del destino" a recorrer los pueblos adyacentes a Goreme, donde alojábamos, para seguir descubriendo las maravillas de esta ciudad situada en el centro de Turquía. Después de 6 horas y unos cuantos litros de bencina, nos preparábamos para visitar la capital del Imperio Romano de Oriente, Constantinopla, hoy Estambul.
Me comentaba Matías que había escuchado que "Barack Obama, de gira por Tierra Santa antes de ser elegido presidente, cumplió con la tradición de escribir en un papelito un deseo, doblarlo, y luego posarlo en el muro de los lamentos. Acto seguido, quien estaba detrás, sacó el papel, lo leyó, y se lo vendió al New York Post. Lo escrito por Obama era maravilloso, y le hizo subir varios puntos en las encuestas. ¿Habrá estado planeado...?"
El otro muro Cruzar a Palestina desde el lado israelita es fácil y cotidiano: tomar el bus, pagar un par de scheckels y empezar a mirar por la ventana la cuarta carilla del tríptico turístico de Israel. Saliendo de Jerusalém se observan primero cerros verdes de árboles y luego montañas cafés de arena, para que finalmente se dejen aparecer como molinos al Quijote, altos muros grises de concreto cemento.
La poco justificable muralla de separación que Israel sigue construyendo a lo largo de su límite con los territorios palestinos en Cisjordania muestra la fría cara de los paneles de cemento inflanqueables junto a guardias israelitas -cabros chicos que prefirían estar en la casa viendo tele- con el dedo siempre en el gatillo, adornados por carteles que señalan en hebreo, árabe e inglés que esto es una "zona de exclusión".
Sin embargo, y tal como en el muro de Berlín, las interminables paredes pálidas del lado este se han transformado en el fondo perfecto para la protesta artística pacífica de muchos palestinos: rabia, esperanza, amenaza, amor, paz y odio, todo en la misma vitrina. Grupos de artistas y daytrippers han venido a decorar la muralla, ayudando a comunicar el sentimiento del pueblo de este y muchos otros lados. Incluso Roger Waters estuvo por acá transcribiendo oportunamente la letra de "The Wall" en el muro.
Ya para volver de Palestina a Israel, hay que pasar por checkpoints de arquitectura kafkiana donde todo sigue siendo cotidiano: extranjero o israelita siga, local palestino stop.
Datos duros Longitud: 650 km (tres veces más grande que el muro de Berlín) Costo: De 2 a 3 millones de dólares por kilómetro (hasta 2 mil mollones de dólares en total) Lugar de construcción: 80% dentro de territorio palestino Anexación de facto: casi 50% de Cisjordania Palestinos dentro de territorio palestino pero en el nuevo lado "israelita de la muralla": más de 250.000 Palestinos separados de sus tierras por la construcción de la muralla: más de 280.000 (12% del total) Casas y tiendas destruidas para la construcción: más de 600 Muertes de civiles palestinos relacionados con la construcción: más de 600
Más información sobre la muralla de separación en stopthewall.org.
Bastan sólo un par de segundos para que al llegar a Jerusalén, se entienda el verdadero sentido de la religión. Se respira un aparente equilibrio inestable en la convivencia entre Judíos, Católicos, y Musulmanes, quienes tienen en esta ciudad, algunos de sus principales símbolos sagrados: El Muro de los Lamentos, el camino del Via Crucis de Jesús por la Via Dolorosa y a pocos metros, la mezquita Al-Aqsa. Todos viviendo en perfecta armonía: Las musulmanas cubiertas por sus velos caminan en torno a los judíos que se mueven de manera extraña frente al Muro de los Lamentos, mientras los griegos ortodoxos con sus rizos y sombreros pasan por fuera de la Iglesia que representa uno de los lugares más importantes para los Católicos, la Iglesia del Santo Sepulcro, el sitio de la crucificción y resurrección de Jesús. En Tierra Santa los lugares sagrados no paran. Después de un bus de menos de 1 hora, llegamos a Belén, con una de las experiencias más sobrecogedoras que nos han tocado hasta ahora: la Basílica de la Natividad, donde nació Jesús. Acá se da un contraste tremendo, que nos ayuda a entender la naturaleza del conflicto que se da en esta zona. Un rato después de la Basílica, a menos de 5 Km, tuvimos que pasar por un checkpoint que asusta, donde nos revisaron pasaportes, e hicieron pasar por un detector de metales. Afortunadamente, Chilito está tan alejado del conflicto Palestino-Israelita, que el oficial del lugar, al ver nuestros pasaportes con el huemul y el cóndor, se convenció de que nuestras intenciones no tenían nada que ver con terrorismo de ningún tipo, just plain tourism.
Todo este trámite para llegar a Beit Jalla, ciudad donde nació mi bisabuelo. Ahí, por fortuna, nos encontramos con algunos de mis parientes Khallilieh, que nos atendieron como reyes, como sólo los árabes saben. Nos sirvieron frutas, café y galletas... la verdad, es que a mi me faltaron las hojitas de parra, como las que hace mi abuelita.
Para ver el álbum de fotos de Jerusalén, haz clic acá. Para ver el álbum de fotos de Belén y Beit Jalla, haz clic acá.
Pasar una noche en la mitad del desierto es una aventura que estaba buscando desde la oportunidad perdida en Marruecos, donde la punta más occidental del Sahara rozaba la frontera con Algeria. Wadi Rum no es el Sahara, tampoco es más seco ni mucho menos, más extenso, pero sí tiene una historia tan interesante como el entorno surreal que entregan las rocas y monolitos que lo rodean. Es subirse al 4x4 y quedarse dormido para despertar en un segundo convencido de que esto es la luna.
Desierto vivo Wadi Rum siempre ha estado habitado. Desde la prehistoria, muchas culturas (incluidos los nabateanos, los mismos de Petra) han pasado por acá dejando su huella pintando y graffiteando rocas, y a veces construyendo templos o refugios. Hoy, el desierto está habitado por tribus de beduinos que mezclan con tranquilidad agua de pozo con TV satelital y celulares e intercambian sin disimulo caballos por Land Cruisers.
Lorenzo de Arabia En occidente, Wadi Rum es más conocido por su lazo con el oficial británico T.E. Lawrence (¿Alguien vio la película Lawrence de Arabia?), quien vivió y basó aquí sus operaciones durante la revuelta árabe de 1917/18.
Para poder entrar a la antigua Petra hay que caminar por un estrecho sendero de más de un kilómetro entre dos rocas eternas hacia arriba, que dejan entrar luz precisa como para nos veamos pequeños dentro de ese camino que parece ser un cañón, pero en realidad es una placa tectónica partida convenientemente en dos. Suficiente como para absorverte dentro y hacerte querer que ese día que tenías planeado pasar ahí sean mejor dos. O tres.
Una de las Nuevas Maravillas del Mundo Talladas de las enormes torres de piedra arenosa de múltiples colores, las impresionantes fachadas de los templos y tumbas dentro de Petra son el testimonio vivo de las tribus desérticas que las esculpieron hace más de dos mil años. Las dos fachadas más destacadas son el Tesoro, que se encuentra entrando a Petra, después de una expectante caminata por el Siq, y el Monasterio, ubicado en la parte más alejada desde la entrada, al que se llega después de una larga y dura subida de más de una hora (o un round trip en burro por unos pocos euros - pobres burros, no lo hagan).
Casi tan espectacular como los monumentos que encontramos en Petra, es todo el paisaje que la envuelve: rocas de diferentes colores y con diferentes formas gracias a la erosión del agua y del viento, casi todas con ventanas, pequeñas o grandes cuevas que se acceden por algún lugar u otro, rodean un pasisaje a esta altura surreal. Todo se pone todavía más emocionante cuando con el pasar del día a la tarde comienzan a aparecer cambios de tonalidades notables en todas las rocas gracias al sol.
Petrahogar Hasta hoy, algunas de las cuevas siguen siendo habitadas por pequeñas familias pertenecientes a tribus beduinas locales, los que viven ofreciendo agua, paseos en maltratados burros o tiernos camellos, touteando tours al más allá o finalmente mujeres y niños vendiendo artesanías (mis favoritos, ¡artesanía de regalo e invitación a un té incluida!).
Algunas fotos de Amman, el Mar Muerto, que se encuentra a más de 400 metros bajo el nivel del mar, el Monte Nebo, donde Moisés anunció la Tierra prometida, y tocando las aguas del Río Jordán, donde Juan bautizó a baby Jesus.
¡Pronto más!
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¿Alguien por allá se acuerda a esta altura del calor? Ese terrible calor veraniego, como el de Santiago, 33ºC y todo mal, qué horror, prende el aire acondicionado y vivamos de nuevo por favor. El otro día en Luxorpasó un poco de eso. Con un par de diferencias: los 33 grados rozaban la mínima en la madrugada para llegar a 50º exactos a la hora exacta de nuestras visitas a las Tumbas del Valle de los Reyes y Valle de las Reinas, y los montones de hectáreas que albergaban las tumbas carecían de aire acondicionado. Al menos por fuera. Mucho más fresco estuvo el día siguiente, donde con agradables 40 grados pudimos visitar con tranquilidad las ruinas del templo de Karnak y el templo de Luxor. Un paseo en felucca bordeando los sitios por las aguas del Nilo sonaba a cierre ideal. Un Luxor.
Aswan ...Y llega un punto en que tanta arqueología atraganta. Empiezas por distinguir diferentes tonalidades del color tierra, piensas que de verdad tiene sentido tener un camello como mascota y finalmente tu boca deja caer arena mientras negocias con el taxista de turno, de 20 libras pago 2. Cuando eso pasa, es el momento de tomar el tren al sur, o subir aguas arriba el Nilo en barco, todo vale, y escaparse a Aswan, paraíso sin ruinas donde todo lo que hay que hacer es nada, mientras niños balseros cantan alrededor de tu felucca por unas libras o una sonrisa, que no es lo mismo pero a ellos les da igual.
Siguiendo con nuestra ruta arábica-medio oriental, la noche del 2 de Junio tocamos tierra en El Cairo, Egipto, y como era de esperarse, ansiosos por conocer las majestuosas pirámides de Keops, Kefrén y Miscerinos, agendamos nuestra visita a El Giza para el día siguiente. Comenzamos nuestro tour en Memphis, primera capital Egipcia, 45 minutos al Suroeste de El Cairo. Nos asombramos con estatuas y esfinges de varios metros de alto, principalmente dedicadas a Ramsés II. El recorrido siguió por Saqqara, lugar que cobija a la Pirámide Escalonada, la construcción en piedra más antigua del mundo. Finalmente, coronamos un día de ensueño con el plato de fondo: un recorrido en camello por las Pirámides de El Giza, las maravillas construídas para albergar los restos momificados de los 3 grandes faraones del periodo antiguo. La magnificencia y perfección en la construcción, que data del 2.500 AC, así como las numerosas incógnitas que surgen al verlas, es lo que esperamos poder transmitirles a través de esta pequeña recopilación. En los siguientes dos días, una visita al Museo Egipcio, con el tesoro de Tutankamón como highlight, un paseo por la Ciudad Islámica y finalmente, la celebración de mi cumpleaños en un crucero nocturno por el Nilo, danza del vientre incluida. Enjoy!
Caminando por la Skala de Essaouira, se nos acercó un vendedor de pasteles. Al darse cuenta que no le íbamos a comprar, comenzó a hablarnos de todo: cine, música, fútbol, etc. Tori encendió la cámara que colgaba de su cuello, empezó a grabar y esto es lo que resultó.
Después de una experiencia de cuento en Marrakech, tocó el turno de escapar al paraíso jipi del que el gran Jimi Hendrix hizo su balneario y donde dicen se inspiró para crear Castles of Sand (dudoso dado que la canción fue escrita antes de su primera visita). Se supone que todo fluía suave, no stress man, vive y deja vivir, bienvenido a Essaouira. La verdad es que más que con hippies, nos encontramos con vendedores ambulantes desesperados por vender galletas-pero-por-debajo-space-cakes y mochileros gringos que convencidos de que esto era re-loco. Nada tan auténtico, tampoco tan grave: no stress man. _____________________________
La última etapa marroquí fue Casablanca. Una linda vista al Atlántico y una costanera tan auténtica como los Friday's y McDonald's que la acompañaban. De todas maneras, la capital económica de Marruecos puso hace 20 años todas las fichas (casi mil millones de dólares) en lograr su hito más importante: la mezquita de Hassan II, la tercera más grande del planeta y motivo de orgullo nacional para algunos y hambre para otros.
TIP: Las presentaciones de fotos se inician haciendo clic en 'play', y pueden verse en pantalla completa haciendo clic en el botón que aparece abajo a la derecha, junto a las pequeñas fotos, en el recuadro.
Marrakech es un circo abierto, el lugar correcto en el espacio pero perdido en el tiempo, donde se juntan día y noche escenarios surreales con encantadores de serpientes, juglares y cocinas, para el gusto del turista, mezclados con dramas ineludibles como la pobreza y el trabajo infantil, para el disgusto del turista.
Repuestos del electroschock cultural inicial, Marrakech te mira y los dramas comienzan a esfumarse en sonidos a color y experiencias con olor, todo es circo -o pan-, para el afortunado espectador. Nosotros todos, turistas que no entendemos mucho, intuímos que cada segundo que pasa nos están tendiendo una nueva trampa para recuperar de a uno los cientos de dirhams que hemos cambiado en el aeropuerto por un puñado de dólares.
Y lo van logrando.
Primero, el arte del cuenteo. Matías quería ver inocentemente una guitarra, "un segundo" me dice y yo le creo. Era la primera mañana en Marrakech y ya querían introducirnos la falange en el oje... hacernos niños. Más de media hora conversando con el vendedor sobre Marruecos y nosotros y ellos y todo, para terminar entendiendo que: 1. El vendedor que aseguraba fabricar todas los instrumentos de la tienda no sabía tocar ningún instrumento. 2. El vendedor que nos convencía que lo que importaba era el corazón y no el precio, quería 200€ por una guitarra de palo calidad Cárcel Colina II. 3. El vendedor de la tienda, que suponíamos trabajaba en la tienda... no, no trabajaba en la tienda.
Segundo, un almuerzo sublime que encontramos como premio por andar marrakeando por las callecitas de Marrakech. Los platos no paraban de llegar: dátiles, aceitunas, pepinillos, sopas, porotos, ensaladas, pastille de oeuve, kuskus, carne mecheiu, melones, damascos, naranjas, pastelitos, dulces, galletas, té... Tres horas y tantos gramos después, admitir que el estómago no daba más y pedir el doggybag para que el perro (sí!) disfrutara la pastelería y parte de las frutas, fue la mejor opción. Madre mía que atracón.
Tercero, la casa de masajes. Mejor la llamaré Hammam, creo que de esa forma los árabes entenderán mejor y los chilenos no entenderán huevadas. Pagar una ganga por darse un baño de vapor, masaje exfoliante y masaje de cuerpo completo con extracto de oliva suena a algo a lo que cualquiera podría acostumbrarse, incluido tú, estimado lector.
Cuarto, la vuelta nocturna a Djemaa El Fna para verla como mercado central, madre alimentadora de locales y turistas, puestos nada de improvisados unos al lado de otro, mesas interminables, y como todos los días, promotores desesperados por sentar a alguien en su mesa. A ellos les quiero avisar que por los turistas no se deben preocupar; es verdad, la guitarra les podrá o no interesar, pero con el estómago vacío no se van a quedar.
Después del shock cultural inicial al llegar a Marruecos, la ciudad de Marrakech nos encantó. La plaza Djemaa El Fna, con sus vendedores ambulantes, encantadores de serpientes y dealers de hachís (no compramos, por si acaso...) resultaron ser mucho mas acogedores de lo que parecían en un principio. Incluso, esta plaza principal tiene la particularidad de que al anochecer, se convierte en un mercado de comidas típicas al aire libre, lleno de cuscus, jugo de naranja, shawerma y dulcecitos arabes.
Para todos los que pedían actualización, les decimos que el tema de las internets en Marruecos está lejos de estar resuelto. Habían cientos de fotos y muchas más ganas de subirlas, pero hasta nuestra llegada a Casablanca hacerlo era imposible: el bit intentaba ir del punto A al punto B, pero normalmente terminaba perdido en algún lugar intermedio del espacio, o del tiempo, un día cualquiera por acá.
Lo que ven arriba ahora, es una selección de fotos de Marrakech. En los próximos días vendrá algo más de Essaouira y Casablanca.
Madrid, un bar en cada cuadra, dos o tres o más, cuando ésta se extiende y no se deja ver hasta el final. Salir a por una caña (schop en vaso chico) es parte de la rutina sagrada, algo que no se deja de hacer, el imperio español se construyó sobre colillas de tabaco y papeles en el suelo y vasos nunca vacíos sobre la tabla.
Con la comida pasa lo mismo, sobran lecciones y faltan Euros, la conciencia que regula nuestra vuelta planetaria. ¿Comer o beber?
Esto no es un problema cuando tenemos El Tigre, un bar -como muchos- que sirve cañas por poco y regala tapas por nada. La diferencia está en las tapas, mini bocatas de diferentes jamones, cecinas y salames, papas doradas, pintxos, o masas fritas de algo que no sé qué es pero sabe bien. El Tigre está en Calle de las Infantas 30, Metro Sevilla, Madrid.
Subimos algunas fotos de la primera etapa, nuestra corta estadía en Madrid. Corta porque el día después de que llegamos, dormimos hasta las 4 de la tarde, échenle la culpa al jet lag, punto com.
Pasamos un par de días en Madrid, donde principalmente nos dedicamos a descansar y adaptarnos al cambio de hora (igual salimos a un bar y de tapas).
Hoy llegamos a Marrakech. La verdad que el shock cultural fue fuerte. Los vendedores son insoportables, te persiguen, te gritan, te agarran de la polera... El desorden del tráfico es enorme, hay millones de personas y está lleno de arena por todos lados... pero a pesar de todo, tiene su encanto esta ciudad... hasta se ven camellos en las calles.
Nos quedamos acá por unos días, para después partir a Essaouira, una playa a 2 hrs de acá.
Como algunos saben, el jueves 21 partimos nuestro viaje largo, desde Marruecos hasta Turquía, de Grecia a Escocia y de Finlandia a China, maybe del Tíbet a la India, o desde Japón a Vietnam hasta Indonesia, OZ, NZ, ZZz...
...Por eso, el MIÉRCOLES.20.MAYO (última noche) haremos esta despedida bla bla en RAZA (Constitución 151) BELLAVISTA.