Con una ciudad amurallada como pocas en Europa y no una si no las dos piernas en la increíble costa del Mar Adriático, Dubrovnik podría fácilmente ser considerada la ciudad costera más bonita de Europa. Y con una historia de tomas, terremotos, revoluciones y guerras, hasta los bombardeos que al borde estuvieron de sepultarla hace menos de 20 años, restauración y resconstrucción, la perla no se queda sólo en la cara linda, el cuerpo perfecto al borde del mar. Dub tiene esa dosis de dolor, la historia, la vida, que la hace más interesante que cualquier guapísima que pasa por ahí.
La isla de la fantasía Hvar es la isla más de Croacia: la más lujosa, la más soleada (unas 2800 horas de sol al año), y junto con Dubrovnik, el destino más popular del país; yates, champaña, Kens, Barbies, sun worshippers y party seekers unidos. Y nosotros metidos ahí.
Splitting La ciudad más importante de Croacia después de su capital, Split, también en la costa, es el cable a tierra entre tantas islas y playas, caviar y chalas. Con su Palacio de Diocleciano que es patrimonio de la humanidad, y no tantos turistas, se deja recorrer en un rato. Pero es en su costanera, entre el palacio y el puerto, donde la ciudad respira y vive.
¿Y Bosnia? Y... nos asaltaron en Bosnia. A plena luz de día, en un lugar seudoturístico, con gente alrededor. Pero dejemos esa historia para después. Llegamos de noche a Sarajevo, capital de Bosnia-Herzegovina, en tren desde Budapest. Pese a ser la capital, el centro tiene un aire a pueblo casi colonial. Chiquitito, a pasos de un río, con una especie de mercado enclavado en una serie de callecitas peatonales que parecen clausurarse a eso de las diez de la noche, justo la hora a la empezamos a recorrer en busca de comida. Después de caminar un rato, encontramos el único restaurant abierto hasta tarde, que resultó ser el mismo al que Bill Clinton había venido en su última visita como Presidente de EEUU. La mañana siguiente comenzó nuestro recorrido. Nos habían advertido que muchos de los lugares a visitar en Sarajevo estaban relacionados con la guerra entre Bosnia y Serbia, terminada recién en el 95. Y así fue. Desde el túnel secreto al costado del aeropuerto a través del cual se transportaban provisiones, hasta las mismas fachadas de los edificios en cada esquina de la ciudad, que muestran por medio de sus frentes, que fueron testigos y víctimas de la atrocidad del conflicto. Rastros de balas y explosiones, avisos de "no caminar fuera de los caminos establecidos" por riesgo de minas antipersonales que aún no han sido removidas, memoriales a los caídos, el Hotel Holiday Inn (también baleado) donde se hospedaban los periodistas durante la guerra, en fin.
Hay un par de lugares turísticos que visitamos, que nada tienen que ver con la guerra contra los serbios. Algunas mezquitas cerca el centro (sí, Bosnia es un país musulmán), además de tal vez lo más conocido: el Puente Latino, el lugar donde en 1914 fue asesinado el Archiduque del Imperio Austro-Húngaro Franz Ferdinand, precipitando el inicio de la primera guerra mundial. Por último, se nos ocurrió ir a un cementerio, en una colina, desde donde se podían tomar fotos del atardecer. Habíamos pasado por edificios baleados, avisos de minas antipersonales, incluso por el puente donde con un asesinato se había detonado la primera guerra mundial, y habíamos salido "ilesos". Hasta que llegamos al cementerio. Cerca de las 7, cuando el sol se estaba poniendo, se nos acercaron un par de bosnios preguntando la hora. "It's 7 o'clock", dije yo, sin sospechar lo que venía. Me vuelve a preguntar en bosnio, y le repito: "It's 7 o'clock", mostrándole la hora en mi celular. Fue ahí cuando el malhechor me agarró del brazo y empezó a decirme: "Money!, money!". En un instinto natural, algo estúpido, intenté forcejear, tratando de soltarme para pegarle una patada donde sólo los hombres saben cuánto duele. Entonces apareció un metal puntiagudo, que en ese momento pensé era un cuchillo. Sin sentir temor, tal vez por el shock (era la primera vez que me asaltaban), le dije OK, le mostré mi billetera, y empecé a sacar billetes, 50 euros en total, y los tiré al suelo. Después me quitó mi celular, mientras otro bellaco le robaba otros 50 euros y su iPhone a Tori. Afortunadamente no pasó a mayores. Fue una experiencia poco grata, pero: ¿Qué es un viaje por el mundo de 9 meses sin un asalto?
La ciudad puente Después de Sarajevo, pasamos por Mostar, pequeña ciudad famosa por su puente, Stari Most, de 21 metros de altura, reconstruido después de la guerra, desde el cual los más valientes se zambullen al río. Después de ver un par de clavadistas, a la estación de buses, camino a Croacia.
El tren de Budapest a Sarajevo es lento, sale temprano en la mañana y dura todo el día. Contaban los locales que el antiguo tren nocturno fue suspendido hace un tiempo debido a los habituales reclamos de pasajeros (casi siempre turistas) que se despertaban la mañana siguiente para encontrarse sin reloj, billetera ni anillos; en algunos casos femeninos, peor. El tren de Budapest a Sarajevo es lento, sale temprano en la mañana y dura todo el día. El premio de viajar de día es disfrutar paisajes como éste, todo el día sin parar, sentados viéndolos pasar por la ventana, en una cómoda cabina para seis que ocupamos casi todo el tiempo solo dos, y a veces tres (o cuatro) contando el o la local sociable de turno que responde a nuestras tonteras solo para entretenernos. El tren de Budapest a Sarajevo es lento, sale temprano en la mañana y dura todo el día. Como si con lo de afuera no bastara.
Bañadas por un río ancho con personalidad de mar que se llama Danubio, las orillas de Buda (al oeste del río, alta pero histórica) y Pest (al este, jungla pero sofisticada) saben lo que llevan en sus espaldas: una ciudad única dentro de un país que corre detrás de ella, difícil alcanzarla entre tanto arte, arquitectura, negocio legal/negocio turbio, noche, o ese mar (río) de gente que se interpone a la nueva víctima preferida - un goulash caliente, qué delicia...
Arriba hay vistas de Pest desde el cerro Buda, diferentes puentes del río Danubio, el Palacio Real, la Iglesia de Matthias, el bastión de los pescadores, la calle Váci (puro fashion), la basílica de Szent István, el precioso Parlamento, la Plaza de los Héroes, el Városliget (parque de la ciudad), los baños termales de Széchenyi, la cueva-capilla, la Ópera, la Sinagoga y toda la arquitectura ecléctica, neoclásica, barroca, gótica, o art nouveau que quiera encontrar el visitante... Son bastantes fotos, todas juntas también aquí.
Terminado nuestro paso por Bucarest, tocó disfrutar. Fuimos a la zona de Transilvania, a Brasov, la ciudad donde vivió el Conde Drácula, que te recibe con un enorme letrero blanco enclavado en un cerro, tipo Hollywood en Los Ángeles. En el centro, hay una placita exquisita, rodeada de edificios de colores y con una fuente de agua en el medio. Los niños juegan, los viejitos le dan migas a las palomas y nosotros nos sentamos a mirar cómo todo pasa.
Rasnov, Bran y Sinaia Hicimos un tour a tres castillos medievales, uno de ellos el de Vlad Tepes, el Conde Drácula, quien fue un príncipe conocido por la crueldad con la que aniquilaba a sus enemigos. Lo de su afición por tomar sangre, dormir en ataúdes y sólo salir de noche es parte de la leyenda que le da de comer a centenares de vendedores de souvenirs en las afueras del castillo.
Finalmente, antes de seguir hacia Hungría, una breve parada por Sigishoara, donde nació Vlad Tepes. El pueblo es chiquitito, con un par de iglesias y torres de campanarios. Nos quedamos sólo unas horas, mientras esperabamos por el tren que nos llevaría a Budapest.
Después de Bulgaria, nuestro viaje nos llevó a Rumania, partiendo por su capital, Bucarest por el día. Una ciudad oscura y algo anticuada, que denota la influencia comunista reciente en cada rincón: bloques de cemento (edificios) iguales y grises, un centro sin brillo, con algunos gitanos desparramados por las calles. Un lugar un poco deprimente, al menos temprano durante la mañana de un domingo...
Escondido entre cerros y ríos, Veliko Tarnovo (Велико Търново) fue la antigua capital de Bulgaria, en esa medieval época en la que construir fuertes arriba de la punta del cerro era normal, Tsaverets dando la frente y espalda al río Yantra el mejor ejemplo. También está aquí la universidad más prestigiosa de Bulgaria, lo que debe darle a la ciudad un vibe estudiantil diferente (el cual no vivimos por que era verano; imagino que los estudiantes estaban en cualquier lugar que no fuera éste, Varna el mejor ejemplo). Con todo, lo mejor fue en la noche. Junto a Mauricio Giacometti, gran partner uruguayo que conocimos en Sofía y con el que seguimos hasta acá, tomamos el trípode y nos instalamos a ver el show de luces que se hace frente al fuerte Tsaverets cada vez que un grupo de turistas (turistas, de esos que se ponen, no backpackers como nosotros) se junta y paga el costo de echar a andar el circo. Parecía comercial de Sony Bravia. Uno de los resultados del show (fotografía) aparece arriba. Un par de días después, y con el Mati enfermo, salí de paseo al monasterio de Dryanovo, incluyendo un ecotrail donde cruzamos un cerro y nos bañamos en ríos y cascadas y visitamos la heladísima cueva de Bacho Kiro, que data del paleolítico y donde se forman increíbles estalactitas, aunque ya solo me voy acordando del frío que dolía hasta las b los dientes.
Sofía es una capital de bolsillo, y por lo mismo resulta fácil perderla entre Atenas, Estambul o Budapest. En la superficie es un ciudad simple, ordenada y bonita, con lugares comunes de dos mundos que a esta altura se encuentran en casi toda europa del este, monumentos de puño en alto adornando plazas rodeadas de bancos y casinos, ya saben de qué hablo. Sin ser de lo más cosmopolita, no le falta la arquitectura clásica europea, los grandes parques verdes, las boutiques caras y los museos. De fondo, siempre, el ícono de la ciudad, la imponente catedral ortodoxa búlgara de San Alexander Nevski (Свети Александър Невски). Compacta para caminarla, con buena onda para disfrutarla, a Sofía hay que escarbarla un poco antes de encontrarla, en el bolsillo la llave no siempre sale a la primera. En la noche las botillerías 24/7 venden por casi nada cerveza en botella plástica y tapa rosca con sabor a pichí de gato, ideal para salir a ver dónde está la gente: cuesta encontrarla inicialmente pero en el centro, alrededor del teatro municipal, aparecen de a poco los jóvenes subiéndose a la pelota, viejos jugando ajedrez y parejas en lo oscuro jugando a todo.
Siempre han sido vivos estos griegos. Desde la antiguedad, cuando construyeron una de las civilizaciones más avanzadas de la historia, hasta ahora, cuando aprovechan al máximo su territorio, transformando sus islas en verdaderos paraísos. Por un lado, Ios, el desenfreno, la locura. Playas exquisitas, mar turquesa y mucha buena onda. Carrete de día, siesta y carrete de noche. Con sol, fiesta en la playa, música electrónica, tragos de colores, puchos y cuanta cosa se le ocurra al lector. Sale la luna, y todos a la plaza, a tomar cerveza, vodka, tequila, ron. De todo menos pisco. Se conversa con quien esté al lado, todos muy sociables, muy alegres, y varios bien curados, a pesar de que la noche recién comienza Vasos vacios, y todos a los bares y discos. No se paga entrada, así que el costo de equivocarse entrando a algun lugar poco prendido es bajo: te tomas otro trago, te das vuelta y te vas. La historia se repite por cuatro noches, suficiente. Ya se necesita un break. Y el break viene en Santorini, una isla más top. Se empiezan a ver yates, europeos vestidos con pantalones y zapatos blancos, en restaurantes de varios tenedores, que nosotros por la naturaleza de nuestro viaje sólo miramos desde afuera. La ciudad es muy bonita, blanca y con techos azules, que contrastan con la inmensidad del mar y las preciosas puestas de sol que se ven desde las alturas, porque esta isla tiene una infinidad de subidas y bajadas. Por eso aprovechamos y arrendamos una motito, y la recorrimos entera. Fuimos a tres playas, todas de roca, sin un granito de arena, lo que le da un toque mediterraneo y tranquilo al paisaje. Una buena manera de terminar nuestro paso por la Helade.
"La cuna de la democracia", "El origen de la civilización occidental", "La ciudad de Pericles". Tantos nombres se le dan a Atenas, y todos se quedan cortos. ¡Qué maravilla de ciudad! La vista de la Acrópolis, de noche y de día, con el templo a Atenea Nike, su recién inaugurado Museo y el colosal Partenón, son impresionantes. El Ágora, donde se desarrollaba la vida diaria de los ciudadanos atenienses, el Templo de Zeus y sus inmensas columnas... Por algo genios como Sócrates, Platón y Aristóteles comenzaron con la filosofía por estos lados, y otros no tanto, como Matías Ceballos (quien desde Barcelona se nos unió a esta parte del viaje) o nosotros, aprovechamos de disfrutar de las maravillas que ofrece esta ciudad. Fue en la capital de la antigua Hélade donde en el siglo IV A.C., Pericles y Solón dieron los primeros pasos hacia la democracia que hoy casi todo el mundo defiende y venera. Y hay más. En el Museo Arqueológico se ve la máscara de Agamenón y restos de las armas con las que 300 valerosos guerreros espartanos lucharon contra los persas en la batalla de las Termópilas, durante las Guerras Medicas. Para terminar, de noche se pasa bien. Un plato de Souvlaki en La Plaka, un par de traguitos en Psiri, para cerrar en alguna disco del barrio Gazi, donde las griegas brillan con luz propia. En 3 días vimos que Atenas, capital de la civilización más influyente para occidente, 2.500 años después de su apogeo, mantiene su encanto intacto.